08/07/201905:00:12

Celular que parió (1 de 3)

Heberto Taracena Desde acá

Desde acá

08/07/201905:00:12

Tumbado en lullido sofá, el niño navega, para cumplir tres años, por otros mares, boca arriba, apretando a dos manos el indefenso celular.

Todo parece tan preciso como si el mundo ideal, alcanzable, de la educación, sentara sus reales, de la casa a la escuela y las calles de ida y vuelta, correspondida.

Llego a casa del vecino quien, de por vida, tiene la particularidad de vender fritangas desde la entrada de la noche, hasta la hora en que termina el producto, a eso de las diez.
En tanto que prepara el “papel de pan” y la balanza para escoger lo mejor de mi pedido, veo ahí muy de cerca de la tina de aluminio al niño embrocado sobre el sofá.
Platico un rato con el vecino mientras despacha el encargo. Él sí muy atento y hábil manejando el filoso cuchillo a diestro y siniestro.
No deja de llamar nuestra atención el niño, a la ligera bien concentrado en lo que hace ante nuestros ojos. No intenta desviar su atención. Nosotros, su padre y yo, lo miramos fijo, moviendo por nuestra parte la cabeza.
Por curiosidad a la inversa, no del niño para mí, y recordando tal vez ideas platónicas sobre lo natural que es de cuando en cuando puerilizarse, no aguanto las ganas y me acerco al pequeño que ni se da por enterado.
Hago que le quito el celular. El niño reacciona así como agredido. Le hablo y hablo. No me ve. No me oye. Pienso en contarle un cuento, como a los niños de mis tiempos, y lengua a la obra:
-Eran dos ratitas. Una blanca. Otra gris. La primera con celular entre manos, aparentando platicar sin palabras, al meneo sin embargo de los labios, callada. La otra, pobre como era, no podía competir en celular. Hasta eso, que fueron amigas de familia y, por tanto, trataban de frecuentarse, cada una a su crianza. La del celular, abstraída; la rarita gris, platicadora como esos curiosos niños de dos a tres años…sin celular. Cuando les tocó entrar al Jardín de Ratitas, la Ratita gris llega a la escuela muy ilusionada por encontrar nuevas amigas.
La Blanca iba llevada del brazo por su mamá pero siempre con el celular apergollado.
Pasa que cuando la madre quiere dejarla en la escuela, la Maestra pone como condición que tenía que recoger el celular. La ratita blanca “rompe el silencio”, oh, a moco tendido, y la madre hubo de volver con ella a casa, bajo promesa de no apartarla jamás del celular.
Pese a que estaba muy cerca del niño a propósito para que oyera el improvisado cuento, éste me tiró a loco, ido…ido…de plano.
El cuento sencillo, no contó para nada en el niño del celular. Siguió ilusamente embobado, sin tomar en cuenta al padre quien, al tiempo despachar medio kilogramo de fritanga, exclama entre bromas y veras:
-A éste si hasta parece que lo parió un celular.