15/04/201900:00:19

Cruz y cicuta

Heberto Taracena Desde acá

Desde acá

15/04/201900:00:19

El espíritu de servicio no puede ser chocarrero, llamarada de petate, flor de un día a la luz del nombramiento, ni cosa que lo parezca. Las emociones corporales, que las hay, por sí solas en un momento dado no bastan antes ni ahora. No suelen durar.
El escritorio puede transformar y echar a perder las intenciones más puras si no se definen, paulatinas, en el campo de la realidad cotidiana.
Sigue la realidad poniendo un hasta aquí al ser humano. Demostrando que ella sabe de su justo tamaño y desempeño a la hora de demostrarlo.
El sentido común advierte que se sirve por acción y de vez en cuando por prudente discreción.
Vale mirar así las cosas, pues, previniendo que el escritorio no haga las veces de cruz ni de cicuta.
Esto, porque nada sorprende ya ver a ciertos servidores a quienes les pesa el cargo, como cargada cruz; y a otros cuyo comportamiento se recibe de seres envenenados, casi fuera de sí, locos de contento o de desconcierto, como si hubiesen bebido cicuta u otro brebaje parecido para ponerse a tono con la soberbia y a distancia de la gente misma.
Si. Cargo y escritorio ejercen una influenza en la persona para bien y otras no menores para mal. Allá cada uno cómo la prevenga y atienda.
Pero cómo pesa esto aunque lo experimentemos de vez en cuando. Qué caso, Dios. Cómo pesa.
Influencia que es inevitable, en principio, según las actitudes del individuo –aptitudes aparte-; pero que, en al correr de las horas, se van concretando a extremos de empapelarlo todo, en el laberinto de venga mañana, “para lo mismo responder mañana” (Lope de Vega).
Con tan sólo un mal ejemplo los demás buenos ejemplos parecieran esfumarse.
Pero de que hay personas rebasadas por la encomienda, está de manifiesto; perdido el piso que ya no comparten ni con Dios ni con la Madre Santísima, dijera don Chencho Ruiz, en mi pueblo, a mediados de los cincuenta.
De que tenemos excelentes servidores públicos, muchos, ni negarlo; pero tampoco para soslayar eso de que dos o tres pesen y opaquen la diligencia de los más.
Serán pocos, pero mueven todo el cuerpo, como piedra en el zapato o, peor, en el riñón. Lo mismo parados que sentados. Hablando que callando.
Y este escenario la ciudadanía ocupa un lugar cuyo peso, en el mejor sentido, no podemos negar.
Unos, cada día más, esperando que todo se les dé en la boca, vergonzosamente; pidiendo y haciendo berrinche con amenazas por quítame allá estas pajas.
Otros, menos, ocupando pese a todo su lugar. Reconociendo aciertos y señalando errores.
En fin, la proporción se da de una parte y de la otra.
Cuál se nota más. Cuál se nota menos. Las evidencias son dadas a conocer una y mil veces por los medios de comunicación.
Es decir, que el servir o no servir, meramente, se da tanto de lado de algunos servidores públicos, valga, como de los ciudadanos.
Lo que hace prueba de que esta contaminación de conductas tiene mucho de parecido a la contaminación ambiental por las causas al parecer de todos sabidas.
Si esta Semana Mayor diéramos su justo lugar a la Cruz y la Cicuta, no habría necesidad de que Cristo o Sócrates nos dieran luces... Son días de guardar, como para que el lunes de la semana entrante, en la Pascua, al retomar el camino, cada paso tenga la característica no de la perfección, sí de la humana corrección. Es todo. No tan simple.
Lo que no se entiende es que el escritorio pese tanto para algunos agraciados hasta hacerlos caer en la inutilidad; pues quien no sirve es inútil.
Para entenderlo habrá que medir emociones y tiempo. Respuestas, y cumplirlas en la medida de lo posible.
Nada por cierto tan claro, como no tan clara ya es el agua.