10/09/201800:00:46

Cuenta el silencio…

Heberto Taracena Desde acá

Desde acá

10/09/201800:00:46

Cuenta El Silencio que cierto día topó con una serie de cuchicheos a los cuales, apelmazados, no pudo evitar por achacarse algunos de ellos a su propia boca. Eran tantos, que puso oídos a regañadientes. Murmullos por aquí y allá, adentro, afuera, aparentaban decir todo sobre poco más o menos nada de nada.
Cuenta el silencio en las artes, la poesía, la música, las palabras sin puntos suspensivos pero guardadas por mandato superior, hábitos o costumbres. -Guarden silencio –deciden la maestra, el maestro- y nadie en el salón chista. El niño inquieto más que otros, por naturaleza, era puesto en regla. Su puesto era el silencio.
Así fueron cruzando años y años, pero con la carnada por delante de vernos más bonitos calladitos. Crecimos físicamente, sí, pero inexpresivos en y con los demás. Cada quien su camino de silencios aglomerados.
Silencios que cuentan y pesan. Cuentan más de lo que hemos podido imaginarnos. Pesan y pesan como piedra encantada.
Encantados en silencios simulando que colaboramos y no. Lo que diga el jefe, no menos plagado de silencios, es ley. Así al jefe se le corona de silencios anticipados, pero la corona es confirmada desde el primer día y hasta que el cuerpo social aguante. Y de que aguanta aguanta.
En esas estaban los cuchicheos ante El Silencio cuando de cualquier lugar éste mira que va una ancianita de más de siete décadas, callada, callada, bonita. La curiosidad, que lo puede todo, lo lleva a romper…, perdón, a saludar a la viejecita en los términos más quedos y familiares:
-Buenas tardes, buenas tardes.
-Ah, ¿qué? –apenas si contestó sin detenerse. -¡Buenas tardes!
-Vaya, no tienes por qué alzarme la voz. ¿Quién eres?
No te la puedo alzar, soy El Silencio.
-A poco –dijo la anciana- -A mucho –le siguió El Silencio.
-Si, ya te conozco, desde que nací.
-Yo no me presenté antes –dijo El Silencio-.
-Claro que no. Fueron mis padres. Ellos me enseñaron a bajar la voz.
-Y supongo –dijo El Silencio- que lo aprendiste porque lo viviste.
-En efecto, lo que se vive no se olvida.
-También supongo que en tu casa todos callaban –dijo El Silencio-
-Todos, hasta mi madre, menos mi padre, el dueño de la voz.
-¿Y eso a dónde te ha llevado? -Hasta ahora no me preguntes –dijo la viejita- como no sea a la muerte que se dice es el silencio del silencio.
-O sea, que tú eres una parte del silencio. De la muerte a que te lleva la vida.
-Una parte, sí, pero rasca la piel y el alma como la sarna prieta.
-¿Acaso tú conoces la sarna prieta? –dijo El Silencio-
-No la conozco. Ah, pero cómo conozco al silencio –dijo la viejita-
-¿Será que lo conoces o lo sientes e imaginas?
-Creo conocerlo por sentirlo e imaginarlo.
-Empezamos a entendernos –dijo El Silencio-
-Bueno, ¿pero a qué viene todo este menjunje?
-A que, por enseñanza generacional, formo parte de ti.
-Ni cuenta me había dado –dijo la viejita- Más vale tarde...
-¿Pero dices que me has sentido? –dijo El Silencio-.-Mucho, mucho, más de la cuenta. -Como no queriendo la cosa –dijo El Silencio-.
-Pues formo parte de una cadena de silencios –dijo la viejita-.
-¿Te ha sentado bien? –dijo El Silencio -Ni bien ni mal. No sé de plano.
-¿Te ha dado lo mismo hablar o callar en un momento dado?
-Hasta eso que no lo sé, si te digo…
-Si me dices, qué? –dijo El Silencio-
-Que hay segundos en que no te soporto, como si fueras una carga a la que ignoro dónde llevarla –dijo la viejita-.
-Pero eso depende de ti, no de mí –dijo El Silencio-
-Pues me enseñaron a callar y los hábitos no se sacuden después del canto del gallo. -Pero, ¿te diste cuenta y desde cuándo?
-Me di cuenta desde que… no me acuerdo. ¿Cómo podemos entendernos?
-Es posible. Posible. Si empezamos por decir razonablemente las cosas a tiempo. “Todo tiene su tiempo”. Callar, hablar…
-Nos caería a todo dar, sin aspavientos –dijo la viejita-
-Empecemos. No es tarde. Si hemos de vivir para la transformación nacional anunciada, ahora es cuando.
-Dejemos de tratar a los elegidos como príncipes –dijo la viejita-.
-Dejemos de actuar como súbditos – dijo El Silencio-.
Y el cuento del Silencio ha terminado, callando de pronto por supuesto y como haciéndose merecedor del provecho a que nos compromete un futuro bastante complicado por obra y gracia de la conformidad denominada silencio personal, social.