24/02/202000:27:36

Don Carlos en los tabasqueños II

Heberto Taracena Desde acá

Desde acá

24/02/202000:27:36

Me da, en presente histórico –de allá para acá, como si fuera hoy, ¿me explico?-, me da que el poeta don Carlos Pellicer Cámara, habla, trata y escribe a éste, ése y aquél, a partir de un corazón resonante, por vía de voz, cuerpo y manos. No lo sentí extraño y tampoco el temor de adolescente joven me colocó en el banquillo de escudriñarlo. Qué va.
Yo estaba contenido ni más ni menos que por su presencia.
La fluidez sin embargo afloró de su parte, ahora entiendo bajando el gran poeta a mi pequeño nivel de aquella secundaria y recién preparatoria de 1961.
-Tu apellido es de Cunduacán, Taracena –afirma, no pregunta.
-Sí –contesto, porque no me alcanzaba la voz para más.
-Toma asiento –y me acomoda en un taburete. Él a su vez hace lo propio.
Es el momento en que las palabras se me van y así entre dos o tres largos segundos, le hago entrega de una página con que apenas alcanzo a indicarle:
-Es un soneto…
-¿Escrito de tu pecho?
Creyendo entenderlo dije entre dientes otra vez:
-Sí.
-A ver –Y don Carlos empieza a ver mi atrevido soneto y a leerlo con todo detalle.
El silencio de ese instante me decía y no me decía, entre nada que no estaba a mi alcance de entenderse.
Don Carlos termina la lectura y enseguida me da trato de consideración que no podía esperarla, junto a su ironía alentadora, de sentimientos encontrados que, pese a la edad, desde aquel tiempo tengo como una de las grandes enseñanzas de mi vida. Así es que don Carlos me corresponde:
-Me hubiera gustado escribir LA MÚSICA DEL GRILLO –mi soneto-.
Uf, yo me fui a las nubes, zarandeado, casi de bruces sobre el taburete.
Don Carlos hizo una pausa para continuar con esta suave recomendación:
-Sólo te pido digas a tu secretaria que corrija algunas faltitas de ortografía.
Doy por hecho que esto sí me lo van a creer: yo no tenía secretaría, pero menudeaban a mi alrededor faltas de ortografía como tábanos en pestañas semidormidas.
Quedé boquiabierto, sin perder la pista de la grata emoción que me produjeron sus palabras, de principio a fin. Las entendí. No eran para tumbarme. Por el contrario, para darme aliento como fue.
Me despedí de don Carlos esa primera ocasión, gratamente impresionado de su sencillez, dentro de una ironía tan bella, que ni el mismo académico Don Carlos González Peña me la hubiese impartido, si el caso fuera de haber participar en su cátedra de literatura.
Contaré el lunes entrante una o dos experiencias posteriores.