12/07/202023:56:49

Don Enrique Gonzalez Pedrero XIV

Heberto Taracena Desde acá

Desde acá

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Autonomía y Libertad semejan, en el tiempo, ser dos respetables damas a quienes ha pretendido retocar, a su manera, el cualquierismo, en detrimento de la vida municipal. Cada período de gobierno acopia, por lo común, prueba plena al respeto. Punto y aparte.
Un Alcalde, se dijo en broma no creíble, pretendió que las letrinas llevaran sus iniciales.
Bien. La Vía Corta Cunduacán-Villahermosa, hay que ser reiterativo, estuvo supervisada en todo momento por el Ingeniero Alberto Leoubet, maestro de la Unidad Chontalpa de nuestras UJAT, dije, y además personas conocedoras del CAMINO DE LA LINEA, así llamado por celadores de Telégrafos Nacionales como don Juan Contreras Arias, decano en esas diligencias de cuando se interrumpía la comunicación de la Clave Morse. Clave de que cada municipio tenía la suya: Cunduacán era U N, entre puntos y rayas de la dormidera Clave. Si lo sabré: mi padre fue mensajero y yo meritorio...
Despejado el primer trazo, nos dispusimos a llegar de nuevo a la orilla del Río Cumuapa, ahora con gran facilidad por haberse hecho el desmonte de diez metros de ancho por tres kilómetros de largo, para empezar.
Aún para tocar la orilla del Río, había que atenerse a un bajial de cien metros, antiguo lecho que luego fue enderezado por obras hidráulicas supervisadas como una persona más por el Ing. Eduardo Chávez, Secretario de Recursos Hidráulicos el sexenio de 1953-58, a la cabeza del carismático don Adolfo Ruiz Cortines, quien no fue elegido precisamente para semental, como él mismo decía, ni muy letrado, pero EJECUTIVO con mayúsculas de la E a la O.
En el trayecto ya no vimos cañafístulas ni cardenales. Con el “ruidazo” de las máquinas, las coloridas aves pusieron distancia para siempre. Que, sin decir pio, así es el progreso por naturaleza. Algunos, afectados. Muchos, beneficiados. Y de ahí resulta el balance que le da razón de ser.
Los ánimos son de ordinario provocativos y asimismo pueden sacar de madre, meramente, al más pintado. Graduarlos no es tarea menuda. Y pesan cuando estamos frente a deudas generacionales grabadas de la superficie al tuétano.
Pues esos ánimos nos provocaban el vislumbre de lo que no estaba sino en pañales.
Llegamos, pues, casi a la orilla del Río Cumuapa. Allá, a la sombra de su mango criollo, tomaba la fresca de nuevo mi amigo Don Nicandro Díaz Mérito, de quien ya casi dije: “seco de carne y enjuto de rostro…”. Caballo apersogado al grueso tronco que habíamos “respetado”; no así una buena parte de su propiedad, sin consultarle media palabra.
Don Nicandro casi nos esperaba, como si adivinara que llegaríamos. Nada más fue vernos, echarse una sonora carcajada, y a guisa de bienvenida, expresar a voz en cuello:
-Licenciado –dirigiéndose al Alcalde por la confianza mutua- ¡Ya me partieron la madreee!
Risotada que compartimos a querer o no.
-Pero adelante, Licenciado- Y adelante seguimos.