12/10/202000:19:31

Don Enrique González Pedrero (XXVII)

Heberto Taracena Desde acá

Desde acá

12/10/202000:19:31

Ah, ¡el dilema de la seguridad pública! No la del Alcalde. Cómo limar el grueso lastre que se le carga, sola y su alma, con poco aprecio social y oficial. Cosa de pensarlo. En ese tiempo, la palabra secuestro no circulaba. Era otra delincuencia, sin embargo organizada, ante una policía, por lo común, desorganizada sin deberla. Qué paradoja.
-Si ya sabias a qué, ahora te aguantas –dijo un amigo que percibió la inquietud.
Pero, junto con aguantar, había qué estar al tanto de a quién hacer depositario de la encomienda.
Algo está dicho líneas arriba: días antes de tomar posesión del cargo, en diciembre de 1985, el Alcalde buscó acercarse al entonces Capitán de Corbeta, hoy Almirante, don Wilfrido Robledo Madrid, Secretario de Policía y Tránsito en el Estado.
Era evidente que varias de las personas que vivimos el episodio inédito de la consulta a las bases y luego la campaña de rigor, estábamos en ascuas, meramente. No hubo alas que permitieran hacernos aterrizar en alguna pista. El Alcalde recibía a veces insinuaciones en serio y en broma. Hubo quien soltara la lengua:
- Bueno. Esto es un pastel. A ver qué tajadita me toca. -Y las risas no se hicieron esperar, algunas forzadas-.
Pronto el Alcalde llega frente al Secretario de Policía y Tránsito. Amable, sin ninguna formalidad. Muy propio, abre las puertas.
-Bien venido, Alcalde –dijo, dando lugar a la plática-.
-Bien. Se transmite usted muy bien, Secretario. Al grano… –y : He dado vueltas al asunto de la seguridad pública en el municipio.
-Asunto de pensarse –confirmó el Secretario- No es para menos.
-Traigo este plan –dijo el Alcalde-.
-Le escucho.
-No encuentro en Cunduacán a la persona que durante el trienio 1986-88, satisfaga al cargo de Director de Seguridad Pública.
-Es normal –dijo el Secretario-.
-Pues pasa –dijo el Alcalde- que dentro de quienes han estado conmigo cuento a un colaborador que es genio y figura, se jala con todos, pero no quiero arriesgarlo y cuantimás en tan delicada función.
-¿Y luego? –presintió el Secretario-.
-La persona se llama Salomón Ruiz Hernández. De sangre liviana. Quiero que usted, Secretario, recomiende a un elemento de su confianza para el cargo de Director y permita que Salomón ocupe el cargo de Delegado de Tránsito en el Municipio.
-¡École! –recuerdo que enfatizó el Secretario- Añadiendo: Así será.
A las pocas horas llega Salomón, pinto y parado, como era, y, no están ustedes para creerlo: se entendieron como de toda la vida; tanto que, ya en el cargo, poco después lo llevó a su casa a saborear los sagrados alimentos.
El Capitán Mario Rodríguez Alonso, propuesto por el Secretario, ya como Director, empezó a ser presionado por el Regidor Chago Morales, que he mencionado antes, para sacar a la mano a quienes caían presos por faltas al Bando. Presión que tuvo la caballerosidad de comunicarme para dar prueba de su conocimiento sobre el delicado “pastel” de la seguridad pública y sus deseos de cumplir.
-No quiero caer en la testación, Licenciado –dijo.
-Cuando caiga voy a saberlo y caerá de tajo.
Celebramos el dime y digo sin ninguna formalidad.
Salomón, como pez en el agua, conservó el empleo por decenas de años, ora en Comalcalco, ora en Macuspana, de vuelta a Cunduacán, etcétera.
-¡Este sí que la hizo –bromeaban sus múltiples amigos, varios años después-.