17/11/202000:08:57

DON ENRIQUE GONZÁLEZ PEDRERO XXXII

Heberto Taracena Desde acá

Desde acá

17/11/202000:08:57

En Tabasco, obvio, no hemos tenido municipios pobres. Incomunicados y peor dirigidos, si: endilgando culpas periódicas al agua, a diestro y siniestro. Verdad ácida que a nadie hace buena digestión. Pero don Enrique González Pedrero cubrió buena parte de ese vacío histórico con los puentes que hicieron del Estado uno sólo. Ya no más hablar de Regiones apartadas.
Por si fuera poco, los recursos económicos, cada trienio, han tenido lo suyo. El campo, por ejemplo, jugó un papel de primera. Granjas avícolas y porcícolas, posta lechera, en ranchería Huacapa y Amestoy, de más de cuarenta hectáreas y varias comunidades. Asociaciones cacaoteras, más de seis, todas daban testimonio de una producción anual de millones de kilogramos del grano-moneda. Asociación Ganadera, en su apogeo. Rastro municipal en predio de cuatro hectáreas, a la altura de finales de los ochenta y plataneros de Cucuyulapa, excepcionales. Cañeros del Ingenio Santa Rosalía dando prestada motoconformadora para rastrear sus caminos de zafra.
El problema, pues, no era ni ha sido el dinero. Cómo administrarlo a consciencia de que el depositario puede caer en responsabilidad a riesgo incluso de su libertad. Punto y aparte.
Volviendo a estos renglones: El contacto del Alcalde con la ciudadanía -cuando no había celular por cabeza-, dio pie a que algunos berrinchudos ineludibles, llegaran a vociferar:
-Así, ¡no aguanta tres años!
Tal vez entendiendo a las volandas que tener carácter consiste en tragarse al mar de un buche con mareas de bravuconadas…
Y por poco se llega a la soledad del presagio, diría Gabriel García Márquez una y cien veces.
El 20 de enero de 1986, después de una exitosa campaña de vacunación en que a los operadores del sector salud no faltó “la papa” ni otras menudencias, el Alcalde se levanta a hacer pipí a eso de las cinco de la madrugada y que, de repente, cae, perdido el sentido, sobre la taza del baño, rompiéndose media crisma: la nariz en dos y parte derecha de la ceja izquierda.
No había las redes, pero el chisme caliente corre como sahumerio en tiempos de peste.
Entonces, uno de los berrinchudos, huérfano de cargo, daba saltos de alegría gritando a media banqueta:
-Se los dije. Se los dije. ¡No iba a aguantar!
A esa hora, el Alcalde llama al Doctor Gregorio Díaz Vázquez, con quien compartió la materia de biología en el instituto Juárez, impartida por el Dr. Ovidio González López, quien, manos a la obra, costura la ceja partida, con una pericia indeleble. Eso un lunes. El martes, el Alcalde convoca a los Directores para informales:
-Voy a operarme la nariz. Les pido ponerse al tiro. Cuidado que esto se vuelva un desgarriate. Yo no estoy casado indisolublemente, ni por el régimen de sociedad conyugal, con la Presidencia. En cualquier momento puedo dejarla. No dependemos de ella –aludiendo a todos frente a un silencio hermético-.
Ellos asintieron, pero lo cierto es que durante por lo menos diez días observaron el comportamiento que necesita la administración pública para no perder su andar, sin trote que canse.
Todo tan rápido como el tiempo, que a nadie espera ni pide permiso de entrada y salida.
Tan rápido, que el Veinticuatro de Febrero de ese año, el Gobierno del Estado encomendó el discurso oficial al Alcalde, con los ingredientes manidos que ustedes saben: comparar al gobernante en turno con el evento conmemorado. “Pero qué necesidad”, dijera un recordado vecino jalpanense. Si, pues, vistas las cosas de aquí para allá.