14/03/201913:55:26

Educación

Heberto Taracena Desde acá

Desde acá

14/03/201913:55:26

Si educar es “desarrollar las facultades intelectuales, morales y afectivas,”  luego entonces estamos endeudados…con los educandos.

Eso de hablar de intelectuales, da la impresión de seleccionar y apartar. Moral, hace migas con su parienta la ética. Y en tratándose de afectos, ahí estamos con que cada corazón es un mundo.

Prácticamente la educación debe importar a todos y, tal vez por ello, importa a muy pocos, ¡oh, paradoja!

Pero, no nos hagamos  bolas sacando palabras de aquí y allá. El problema consiste en que cuando a todos corresponde –el dicho problema- denota no tomarse a pecho, pese al hecho mismo que suele ofrecer varias respuestas, si con frecuencia éstas se hacen polvo y el balance integra muy poco. Cómo decirlo.

En ese esquema está  varada desde hace largos años la educación y, por lo mismo, el caso es no sólo de hacer un alto para reflexionarla sino de combinar viejas y nuevas medidas que nos permitan escalar mejores estadios a nivel nacional y mundial.

Cómo revisar el presente de la educación si no es a partir de  ejercicios  de autocrítica, objetivos, que permitan verla y sentirla en el estado en que se encuentra y de dónde le viene su condición estacionaria.

En ese horizonte, la parte material no hace excusas, aunque la estructura educativa, en muchos casos, deje qué desear.

Sin pasar por alto a la escuela misma, tendrá que contemplarse al interior de ella las figuras de su guía, el maestro, la familia, su génesis, y la comunidad, su extensión.

La vida de una escuela, en efecto, da cuenta de que esos tres actores pueden conectarse de tiempo en tiempo.

No obstante ello, cabe suponer, con evidencias del día a día, que de tales valores no estamos sobrados.

De modo que si tratamos de analizarlos, uno por uno, sin descalificaciones, nos topamos con ocios cuya prueba ocasiona que la educación en México no adquiera el nivel que nos permita estar debidamente habilitados.

Hablar de la vocación del maestro, es hacerlo sobre principios básicos en la vida. Principios y valores, oh! Que si éste no disfruta y siente su trabajo será muy poco lo que aporta, con independencia de las arduas tareas que proponga y a mas de que, por si fuera poco, adolezca de soporte familiar y por añadidura comunitario.

Si a esto agregamos el sobrepeso de la burocracia educativa y el mangoneo de los sindicatos hasta en la asignación de plazas, la cuestión educativa se torna más de estira y afloja. Realidad con la no se estará de acuerdo pero ahí la tenemos.

La complejidad crece, pero la educación decrece. La población crece, pero se educa menos. El número de aulas aumenta, pero aquellos factores que no le han cumplido a la educación reman en su contra…Tema  tan sensible que por uno entre cien pagan justos –niños-y considerable porcentaje de docentes cumplidos.

¿Y a todo esto qué? ¿En qué consiste el papel de quienes vivimos y sentimos tamaño problema? ¿Es que puede haber progreso si no  están en sintonía, entre otros, agentes tan esenciales y propios de la educación?

Consiste parte en involucrarnos con más ganas, para que las generalizaciones pesen menos, las supervisiones sean apegadas a la verdad aunque duelan al faltista, los padres de familia colaboren persistentes, sin estorbar, los maestros cubran, como regla, el perfil que la tarea entraña.

¿Y qué más? “Yo sólo sé que no sé nada…” Pero no para sea tan  obligatorio tampoco  eso de  maestría, pos maestría, doctorado, pos doctorado, ni preguntar a la pitonisa de Delfos, a la espera de  venturosa respuesta mitológica.