08/10/201800:01:08

Lambiscones

Heberto Taracena Desde acá

Desde acá

08/10/201800:01:08

Previniendo los males a tiempo, es posible remediarlos (N. Maquiavelo. El Príncipe)
Habla con el lenguaje de la gente que pronto pega. Ahora más que antes ya todo mundo sabe quién es. Sobre todo, aquéllos que alardean de su voto a estas alturas.
Pega el lenguaje, si, como una plantita a la que crecen filamentos invisibles al contacto del agua pasados varios días.
Pero no todo consiste en que la plantita pegue. Tiene que crecer al cuidado de quienes la cultivan y desde el principio sentir frutos de ánimos. Hablar haciendo. Arte de persistencia. Porque el buen sembrador siente la emoción de quien cosecha desde el momento de la siembra. Mas bien y para repetirlo, poniendo manos a la obra.
Pero no cualquiera tiene buena mano. Está visto. No todos tampoco miden las consecuencias de sus palabras.
La advertencias de que los nuevos alcaldes no acepten por nada del mundo regalos ni lambiscones, hecha desde Sonora por el Presidente Electo, pega al centro desde ahora mismo, pero a condición de vigilar su crecimiento para que, sin excusa que valga, no tope con chascos al paso de los días.
La vida pública está hecha de cuentas mágicas y de cuentos excepcionales.
De las cuentas, no cabe palabra alguna cuando pasan históricamente por un deterioro a ojos vistas.
De los cuentos aquí va con sumo cuidado uno hallado como aguja en un pajar.
Erase que se era un joven contratista hasta eso que de buena cepa.
Encontró, casi por casualidad, la encomienda de su primer trabajo nada cómodo de realizar.
Se trata de un puente de fierro de más de doscientos metros de largo por ocho de ancho.
Pues así como al delincuente se le inculpa por casualidad, asimismo pero en sentido contrario, al joven contratista con poca experiencia se le adjudicó la obra. Hubo desde luego otras ofertas provocativas mas para nadita de nada pudieron ganar.
Ni al nuevo contratista se le pidió el conocido moche, ni éste tuvo la menor intención de meterlo como no queriendo la cosa en bolsa ajena. Recordemos las redondillas de Sor Juana: “El que peca por la paga y el que paga por pecar”.
La advertencia fue como se dice contundente y de buenos modos.
-La única ganancia que te pido es darle trabajo a la comunidad en lo posible y que la obra resulte de escrupulosa calidad.
El contratista, novel, titubeante, hizo la tarea poco a poco, con la paciencia solitaria del buen sembrador
Pasados tres meses, la obra tenía ya un avance de un cuarenta por ciento, digamos. Normal su proceso. Estimación hecha estimación pagada a tiempo, no sobra decirlo.
El contratante ojo al chícharo se mostraba satisfecho, tanto por las evidencias estimadas como por advertir que por lo menos dos o tres vecinos allí laboraban. En una de esas, al golpe de un martillo gigante, no sé cómo llamarle, por poco, en lugar de en el tubo hueco, éste rosa casi la humanidad del trabajador que es azotado y va ¡chuculúm! abajo, al rio. Nada. Solo el susto. Sabía nadar. Nació entre el agua. Era camada de los cuarenta.
De esas cosas que pasan y seguirán pasando, todo mundo estaba enterado que era el cumpleaños del contratante, pero como éste no daba lugar a pachangas, las felicitaciones fueron muy ralas. Ah, el contratista, claro que lo supo.
Estaba tan feliz por tener entre manos su primera obra que el papel lo tomó en serio en todos sentidos. Aquello resultaba humanamente correcto, nada de buscar perfecciones en las que no hay lugar en ningún acto u obra del hombre (y de la mujer, se dice ahora).
Tan feliz, tan feliz, el susodicho contratista acarició por su cuenta la sana idea de llevar unos mariachis al contratante, con las mañanitas por su consabido cumpleaños.
Manos a la obra, igual que en lo del puente, nada malo vio en ello, de pronto. Ah, pero las apariencias son mentirosas y con facilidad engañan.
El contratante habituaba medir su tiempo. De modo que del diario y más con motivo de esa fecha, almorzaba en casa, sólo y en compañía de su familia y, por qué no, cuerdo de contento.
De repente, cuando la comida hogareña iba por la mitad, irrumpe el sonido de unos mariachis desde la reja, a unos diez metros de la vivienda.
“Estas son las mañanitas…” con letra y música a buen volumen.
La familia oye el barullo.
El contratante se pone de pie. Va a la reja. Ve a los mariachis uniformaditos. Al contratista con una cara de aliento en la que no cabían palabras.
Los mariachis miran la cara del contratante. El contratista no menos. Este, desde luego, no lo hacía de mala fe. Pero la costumbre tiene lo suyo y hay que ponerla a prueba de revisión cuantas veces sea necesario. Entendidas así las cosas, sin cuero y sin palo, el contratante saluda al contratista con un educado y seco apretón de manos. El caso es que, terminada las mañanitas, única pieza, los mariachis se fueron con su música a otra parte. No hubo mala intención de parte de nadie. Ni desplantes. Ni reclamos. Actitudes sin mareos y san se acabó.
Moraleja. Tiene razón el nuevo Presidente cuando habla de lambiscones, poniendo sobre aviso a las también nuevas autoridades elegidas. La palabra es chocante, si de chocar se trata. Pero él la subraya en forma de exhortación desde Sonora para que la oiga la gente que votó y la que no votó: nada de permitir el acecho ni el asedio de gana gracias. La palabra es fea, repito, pero de que se da se da hasta hacer muy sensible y distante la crítica buena, mala, constructiva o destructiva. La crítica sin adjetivos.
Y este cuento alegre va en camino...He dicho.