Los delitos que hoy los persiguen —homicidio calificado, abuso de autoridad y tortura— no son menores. Son la confirmación jurídica de lo que durante casi nueve años denunció una comunidad indígena que nunca dejó de exigir justicia.

Pero faltan: señalan también a Adrián López Solís, exfiscal General del Estado de Michoacán y exsecretario de Gobierno durante la masacre, que por años ha sido señalado de omiso; Armando Hurtado Arévalo y Víctor Lara Vidales, funcionarios involucrados y señalados por los habitantes.

El 5 de abril de 2017, Arantepacua no solo fue reprimida: fue violentada por el Estado. Cuatro comuneros fueron asesinados —José Carlos Jiménez Crisóstomo, Francisco Jiménez Alejandre, Luis Gustavo Hernández Cohenete y Santiago Crisanto Luna— y decenas más resultaron heridos en medio de un operativo policial que, lejos de restablecer el orden, dejó una herida abierta en Michoacán.

Hoy, la Fiscalía General del Estado, encabezada por Carlos Torres Piña, sostiene que existen elementos suficientes para fincar responsabilidades. Y con ello, el caso da un giro: de la denuncia social a la acción judicial.

Arantepacua es el reflejo de una tensión histórica: la lucha de los pueblos indígenas por su territorio, su autonomía y su dignidad, frente a un Estado que muchas veces ha respondido con fuerza en lugar de diálogo.

Por eso, la comunidad no solo resistió: se reorganizó. Construyó su propia policía comunitaria y fortaleció sus formas de autogobierno. No olvidó. No cedió.