Análisis y Comentarios
Heberto Taracena

Heberto Taracena

Desde acá

Aburrido, Aburrición

UNO. Los tabasqueños, benditos Dios, hemos tendido líneas de entendimiento, registrando perlas únicas, algunas de las cuales obran en la misma RAE y otros diccionarios regionales.

DOS. Ahora mismo, quiero recordar dos que tres de ellas, muy socorridas en los años cincuenta anteriores.

TRES. Ejemplo: la palabra aburrir, nace en verbo, por excelencia; luego deriva en adjetivo, aburrido y, para colmo, aquí entre nos, sale, en agudeza tabasqueña, sustantivo: aburrición. ¿Cómo?

CUATRO. Pues que, campantes, en efecto, así nos entendíamos, entre bromas y veras, bajo el techado de la crianza hogareña.

CINCO. Aburrir, siempre activo, crea sinónimos: cansar, molestar, fastidiar, hastiar; según se quiera dar a entender: “qué aburrido está esto”, “estoy aburrido”, “eres una aburrición”.

SEIS. Dichoso verbo que, para luego, ofrece tela de dónde cortar; no importa si ésta proceda del pospandémico mercado libre o el extinto mercado sobre ruedas.

SIETE. Puede hastiar hasta leer El Principito, o la comida, por muy buenas manos de donde proceda (cosa de no creer a pie juntillas ni a mandíbula batiente).

OCHO. La memoria no es terca. Es más nata fresca, de la buena, pues su mero fondo de olla yace en el pretérito y tiende a recrearse de acá para allá, retrospectiva, de presente a pasado. Aquél invoca, éste capta porque capta.

NUEVE. Un ejercicio de memorizar en presente, entrados en arrugas, se hace más complicado que en aquellos años plásticos, cuando todo se nos gravaba escuchando una vez.

DIEZ. Es la memoria, en presente histórico, bandejita que sirve recuerdos a gusto de convivientes.

ONCE. Cómo no traer, entonces, estas dos palabras: aburrido y aburrición.

DOCE. De la primera, tomó debida nota la Real Academia Española. A la segunda, por qué no, también la adoptó.

TRECE. Cuando mamá, chancla en ristre, perseguía al aburrido desobediente, a éste, en efecto, se le aplicaba el bendito adjetivo y no ponía pies en polvorosa, sino en estribo o remo, según estuviese a la ribera de arroyo o río cercanos.

CATORCE. Entonces, en tal mundo maravilloso de la buena crianza, que lo hubo, se hizo de la palabra, hechos cumplidos.

QUINCE. Cumples y recibes. No cumples y atente a las consecuencias, manito.

DIECIEIS. El niño que merecía el adjetivo de aburrido, oscilaba dentro de lo tolerable, sin dejar para después medidas correctoras.

DIECISIETE. Estuvo en uso otro nombre que la Academia tiene a bien: la palabra aburrición.

DIECIOCHO.  Ya no adjetivo que calificaba, sino substantivo, calificado en casa.

DIECINUEVE. Aburrición era aquel que pasaba los límites del aburrido. Uno, entre la numerosa prole.

VEINTE. Pero la familia supo marcar la raya sin mengua, a ejemplo de aquellas añoradas y que, hoy por hoy, padecen desorganización, amasando, de padres a hijos, levadura delincuencial.

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