A NORMA DOMINGUEZ DE DIOS, CON AFECTO.
UNO. Viven cerca del rompido del Samaria, entre decenas de gente, cuatro ramas de un mismo árbol familiar.
DOS. Cuatro que responden a los nombres de Lacho, Lacha, Chencho y Chelo.
TRES. En diciembre se vale tejer hilachas sobre carretes del bien llamado imaginario colectivo.
CUATRO. Recordar no puede ser como repetición mecánica si tal palabra marcha junto con recrear.
CINCO. Recrear no altera para nada el orden de recuerdos, antes acierta en eso de colocar el pasado en ordenados anaqueles.
SEIS. Pues los cuatro personajes del Río de que escribió nuestro poeta Nicho Morales, están hechos de la misma pasta.
SIETE. De larga plática, ellos no hacen cuenta de los años sino cuán agradable y curativa resulta ser la vida campirana, entre platanares de Cucuyulapa.
OCHO. Lacho: -Nadie sabe para quién trabaja, si nomás ven que produces algo y ya enseguida estás encontrado por una bala perdida.
NUEVE. Lacha: -Lo bueno es que aquí en la cocina, de sol a sol, ni en cuenta nos toman ardidos ni sancochados…
DIEZ. Checho: -Fíjense: lo que nos va a sacar el pie del lodo consiste en no echarse de barriga.
ONCE. Chelo: -Por la luz que está alumbrando, soy un convencido, frente al mismísimo sol, a ojos cerrados, de cosas no menores.
ONCE. -A ver, desembucha -dicen a triple voz Lacho, Lacha y Chencho.
DOCE. Y prende Chelo como cerillo en pólvora: -Quise decir:
uno, que el nivel de rendimiento en el trabajo, no lo da el alto cargo; pues que cuántos zánganos cobran son trabajar. Y dos: que, con independencia del cargo, es el chambeador quien estampa sello personal a su obra, cualquiera que ésta sea: desde aquél que barre la calle hasta el supersecretario apergollado de fuertes ramas.
TRECE. Todos guardaron, que digo, regaron silencio con expresiones de pies a cabeza.
CATORCE. Pero Lacho, el más bullanguero y sociable, rompió a trizas el silencio: -Pueda que sí, pueda que no.
QUINCE. Algo de eso estoy pensando, dijo Lacha -al par de que volteaba sus gruesas sobre el comal enrojecido. Pero, sólo algo…
DIECISEIS. Algo de qué -salió al paso Checho- casi con la boca atrabancada.
DIECISIETE. Prosiguió –Pues que si la buena tortilla o el quehacer que sea, reciben sabores de las manos de quien los hace, no hay otra que sostener la guardia, sin necesidad de más armas que dar sabor al caldo, es decir al trabajo.
DIECIOCHO. Los cuatro quedaron de una pieza, cavilando, sabrosamente.
DIECINUEVE. Habían aprendido de la vida todo cuanto esta enseña al aire libre.
VEINTE. Y en coro rústico pero entonado, Lacho, Lacha, Chencho y Checho, siguieron haciendo no de las suyas, sino de lo suyo, como Dios manda, cerca del rompido del Río Samaria…