Análisis y Comentarios
Heberto Taracena

Heberto Taracena

Desde acá

El Animalismo

UNO. No digamos nada más, estando a la defensiva, que cada ser humano es amalgama de misterios por determinarse. No lo digamos, pues, evadiendo el rol de decidir, dentro de lo humano, posible.

DOS. No confundamos a cosas con personas, como suele ocurrir a la ligera. Que hay diferencias mayúsculas.

TRES. No se puede vivir a tientas y a locas, tomados por la aparente creencia de que el tiempo huye de las manos, “como agua que se lleva el viento”.

CUATRO. Vivir, de veras, consiste en ocupar el sitio que cada cual aprende a granjearse.

CINCO. No hay vuelta de hoja, porque las vueltas de por sí atarantan y para ninguna parte orientan.

SEIS. El suelo no tiene que estar tan parejo, y así valores humanos se hallan expuestos a bajadas y subidas, de peligros reservados.

SIETE. Hacerse bolas no solo puede venir de que la cabeza pierda su lugar, sino a causa de confundir espacio determinado, con horizontes inciertos.

OCHO. Dicho está que las palabras son formatos que, vacías de contenido, nadita la cosa que aportan.

NUEVE. ¿Por qué no asumir papeles, paso a paso, rectificando, sin excusas ni pretextos, sobre la marcha?

DIEZ. Hombres y mujeres somos complementos, con independencia de una paridad forzosa escrita en ciertas leyes.

ONCE. Que somos productos actualizados de la evolución, fluye con la misma naturaleza de que estamos estructurados al paso de siglos y generaciones.

DOCE. Pero de ello a que procedamos de los primates, fue y sigue siendo una barbaridad poco atendida y entendida, que ofende asimismo a la fauna en general.

TRECE. La falta de respeto ha sido constante generación tras generación.

CATORCE. Es así que el animalismo encaja más en seres humanos que en animales, sin respeto que valga.

QUINCE.  De los años cincuenta para acá, dejamos de ver venados, quelonios, tepezcuintles, armadillos, que para entonces fueron parte de la dieta alimenticia.

DIECISEIS. La tendencia de que para “vivir hay que matar”, nos hizo ver con naturalidad la desaparición de no pocos animales.

DIECISIETE. Luego surgen excusas como si fuesen cargos de conciencia, hipócritas, para burlarse de hombres y mujeres vestidos con figuras de cerdos, lagartos, por ejemplo.

DIECIOCHO. Esto sin la mínima noción de la novela REBELIÓN EN LA GRANJA, (GEORGE ORWELL), ni la pérdida de identidad de que adolecen no pocos de quienes, por el contrario, gozan exhibiendo y comparando a quien les dé su regalada gana.

DIECINUEVE. Es parte, además, no pequeña, de una degradación social en que los cerdos parecen ser modelos de la inteligencia.

VEINTE. Cerdos haciendo malabares y hozando en las redes, cuando la tecnología hace las veces de alcahueta, para ocultar a quien o quienes concelebran placeres demenciales.

COMPARTE ESTA NOTA