UNO. Y empezaron a salir las benditas ánimas, desde la última quincena de noviembre, por letanías del Buen Fin, entrometido que fue diciembre prenavideño.
DOS. La celebración a partir del uno de noviembre, contada la presencia de autoridades, banderitas de papel de china y pozol o champurrado, dio señales de agotarse dos semanas después.
TRES. El anticipo de aguinaldo no fue empleado para comprar velas de unto y estoraque en el changarro de la esquina.
CUATRO. Aquella recepción de las animitas entre media noche de uno y dos de noviembre y costumbre de prender velas cada lunes, redujo su estancia.
CINCO. El hecho fue dominado por otra fiesta más redituable en que hacen pareja Navidad y Año Nuevo.
SEIS. Que si noviembre también es fiesta a la mexicana, de guardar, la de diciembre lleva la contraria, porque ahora es cuando nadie se guarda de gastar.
SIETE. En México tampoco sorprende que vida y muerte se den un quien vive o quien muere generacional.
OCHO. Eso sí, cada festejo tiene lo suyo en lo tocante a sentimientos y economía.
NUEVE. Porque el mexicano, a mucha honra, aprendió a “reír llorando” y a “llorar con carcajadas”, Oh, Garrik, y cuando gasta va porque va.
DIEZ. No de otra postura tomamos a septiembre cuando los sentimientos patrios vuelcan embriaguez…nacional.
ONCE. Pero y qué, cada fiesta con lo suyo y entre ellas destacan la primera quincena de noviembre y las de Navidad con duración de mes y medio.
DOCE. En fin, que las ánimas benditas son recibidas entre fervor, alegría y nostalgia.
TRECE. Sería tanto así como escepticismo tocar el extremo de que tal que ocurrió con otras celebraciones pueblerinas, extinguidas hoy día, llegara a pasar con las de fieles difuntos.
CATORCE. Pues claro que no. Sin negar que muchas prácticas todavía de los años sesenta han cambiado y presentan una reducción notable.
QUINCE. En noviembre de otros años, no había pachangas de ninguna naturaleza. Probable es que pocas parejas hayan contraído matrimonio durante ese mes.
DIECISEIS. Ahora, da lo mismo. Y no está mal. Pero lo cierto es que lo que fue treinta días de oraciones para difuntos, ahora resulta agotarse con la primera quincena de noviembre, cuando, de hecho, empiezan las ofertas navideñas de diciembre.
DIECISIETE. Debemos, sin embargo, estar convencidos de que a cada tiempo su tiempo.
DIECIOCHO. Que el mes de muertos abarca, de hecho, apenas, si, a duras penas, quince días.
DIECINUEVE. No hay de otra, si la realidad nos mide.
VEINTE. Con el consuelo de que recordar a los fieles difuntos en noviembre no ha desaparecido, si la muerte parece decirse a sí misma: “No he de morir del todo, amiga mía” (Rodolfo Tallón).