UNO. Que por lo menos dos partidos políticos tengan, la vista, tela de donde conseguir a sus candidatos para cargos de elección popular, da a la esperanza un retoque que la hace volver en sí.
DOS. Alienta mirar en las redes a considerable número de aspirantes. Bien que lucen, de pronto.
TRES. Por su supuesto que ninguno regatearía firma y huellas digitales para protestar “guardar y hacer guardar” sus mejores intenciones frente al conglomerado.
CUATRO. La palabra conglomerado suena gorda pero no es ni tantito, si aguanta actitudes diversas de sus componentes.
CINCO. Tampoco para caer en la sobada antigualla de que es mejor que sobre y no que falte, cosa de que adolecen no pocas organizaciones sociales, atenidas a sobrevivir bajo la sombrilla de satélites.
SEIS. Aunque aspirantes, agarrados a lo que venga y por donde venga, siempre habrá en demasía.
SIETE. Lo importante es que no les caiga otra vez, para empezar, la arrebatiña interna y luego lo que todo mundo no está para saber de tan choteado.
OCHO. Parece utópica la suposición de que entre cinco o seis aspirantes pudieran sembrar compromisos “mirando en todo por el bien y prosperidad…” de “la unión”.
NUEVE. Darian en primer lugar testimonio de aceptable nivel cultural, que, de ordinario, ha parecido rara avis.
DIEZ. Para en consecuencia, a la voz de pronto, dejar a un lado la egolatría, no permitiendo que sus adeptos los presenten como de otro planeta.
ONCE. Cuán sano que los aspirantes no propuestos apoyasen sin reservas a quien resultara designado por el partido.
DOCE. Que diera inicio la campaña con soporte incondicional de todos, uniendo propuestas como base de un verdadero plan de desarrollo que nadie ha conocido.
TRECE. De tal suerte, que la tan llevada y traída unidad se concretara desde el interior y sobre la marcha fuera fortalecida por viables electores.
CATORCE. No sería mucho pedir, si ello entraña sentar bases a los primeros días de gobierno; parodiando -¿mucho pedir?- a Shaquespeare: a buen principio no hay mal fin…
QUINCE. Para que, poco a poco, y sin perder el piso, quien esté al frente de la administración conserve en su lugar cabeza y cuerpo enteros.
DIECISEIS. No empiece a flotar echando culpas de sus desvaríos a hieles y mieles carnavaleras.
DIECISIETE. De modo que el número de aspirantes sea para bien, sin aturdimientos de ningún tono.
DIECIOCHO. Porque aparentar darse cuenta a última hora no repite sino excusas perdidizas.
DIECINUEVE. Y la ciudadanía, ciertamente, nada nuevo está por exigir ni esperar.
VEINTE. Continua a la expectativa de que cada entrante gobierno no siga proclamando “ahora si, como nunca”, sino que dé en el clavo y sanseacabó.