Análisis y Comentarios
Heberto Taracena

Heberto Taracena

Desde acá

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Sócrates, si viviese

UNO. La curiosidad que mantuvo Sócrates, padre de la mayéutica y filosofía, para cuestionar, de vivir hoy, no habría dejado títere con o sin cabeza.

DOS. Y no por su cara fea y vestimenta raída, sino debido a la agudeza de preguntas, al paso y ojos bien clavados en su escuchante.

TRES. Mas de uno hubiese cambiado de banqueta nomás de ver al  hijo de Sofronisco, a cierta distancia.

CUATRO. Nadie querría compartir vecindario con el sabio griego, quien no daba su brazo a torcer, afirmando: Conócete a ti mismo… ¡Menudo juicio en vigor todavía!

CINCO. La correccional seria de gruesos barrotes casi casi juntados, tanto así que ni sus pocos partidarios alcanzarían a avistarle: -Arrepiéntete, hombre, ya, que por tu linda cara no te darán libertad.

SEIS. La cicuta cualquiera la habría ofrecido de gratis, repartida en manos de con celebrantes, sin gota de desperdicio.

SIETE. Eso de preguntar y preguntarse va más allá de pareceres, resulta de lo más genuino, entre darse cuenta o hacerse guaje.

OCHO. Aquellos inolvidables cuestionarios de la Primaria estaban de tal manera planteados que la respuesta tenía que encajar, meramente, entre vocales, consonantes y signos de puntuación.

NUEVE. En lo más íntimo o superficial de cada cabeza, las preguntas no se hacen esperar, calladitas, sin contestaciones hechas a la pela vaca.

DIEZ. Porque es sano hacerlas a conciencia, incluso sin ruborizarse para ir amacizando el carácter.

ONCE. Ni más ni menos: el carácter que hace las veces de auténtica representación y personalidad del individuo.

DOCE. Sale cada pregunta, que ay, Dios, y es ahí mero que han de ser bien recibidas para dar sentido…a los sentidos.

TRECE. Porque es un hecho que sí nos preguntamos, pero también resulte lo común tirarse a loco.

CATORCE. Las evadimos como el sólo peso de la costumbre, ocupada a conveniencia.

QUINCE. Con la salvedad de tener por advertido que cualquiera que sea el cuestionamiento, este mismo ofrece opciones.

DIECISEIS. Sin necesidad de caer en el túnel de las evasivas que en nada benefician al interpelado.

DIECISIETE. Y mucho menos reaccionar cuando ello reduce el ámbito de que nos dota, gratuita, toda razón.

DIECIOCHO. Es, entonces, que el grueso de la población pregunte en silencio, dejando cuando mucho para su casa intercambio de ideas.

DIECIOCHO. No es normal que la persona o autoridad deje sin respuesta, por encima del hombro, aquello que presenten uno o varios cuestionadores, por muy agudos que aparezcan.

DIECINUEVE. Sócrates, el padre de la filosofía, con toda seguridad, no bajó ni bajaría la guardia en estas circunstancias, aunque estuviese errado.

VEINTE. Porque el error de uno o dos en nada afecta el progreso; pero equivocaciones de un representante popular, ¡ea! cuidado con no medir repercusiones.

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