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La razón biológica que explica por qué el invierno pesa más con los años

Agencias DIARIO DE TABASCO
10/01/2026 | 10:54:00

Con los años, el cuerpo modifica de forma discreta su manera de regular la temperatura. La ciencia explica por qué el frío se vuelve un riesgo mayor con la edad, incluso cuando no siempre se percibe. Entender este proceso es clave para prevenir problemas de salud durante los meses más fríos.

Cuando bajan las temperaturas, es común escuchar que las personas mayores “siempre tienen frío”. Sin embargo, esa frase cotidiana esconde un fenómeno biológico mucho más profundo. El envejecimiento transforma la forma en que el organismo responde al entorno y altera mecanismos esenciales para conservar el calor. Estos cambios, aunque progresivos y silenciosos, pueden tener consecuencias importantes si no se detectan a tiempo.

Un cuerpo que ya no responde igual al frío

A medida que envejecemos, el organismo pierde eficiencia para adaptarse a los cambios térmicos. Uno de los procesos más afectados es la termogénesis, es decir, la capacidad del cuerpo para producir calor y mantener estable su temperatura interna. Con el paso del tiempo, este mecanismo se vuelve menos eficaz, lo que dificulta reaccionar con rapidez cuando el ambiente se enfría.

Este deterioro no ocurre de forma abrupta ni idéntica en todas las personas. Algunos adultos mayores lo experimentan de manera leve, mientras que en otros el impacto es más marcado. En cualquier caso, el resultado suele ser el mismo: una mayor tendencia a perder calor y una menor tolerancia a las bajas temperaturas.

El papel clave de los músculos y la circulación

Uno de los factores centrales en esta mayor sensibilidad al frío es la pérdida progresiva de masa muscular. Los músculos no solo permiten el movimiento, sino que también generan calor. Cuando disminuyen, el cuerpo pierde una de sus principales fuentes de producción térmica.

A esto se suman los cambios en la circulación sanguínea. Con la edad, los vasos pueden volverse menos eficientes para distribuir el calor hacia las extremidades, lo que hace que manos, pies y piernas se enfríen con mayor facilidad. Esta combinación explica por qué el frío se siente antes y se tolera peor, incluso en ambientes que antes resultaban confortables.

Enfermedades y medicamentos que agravan el problema

Más allá del envejecimiento natural, existen condiciones que incrementan notablemente la vulnerabilidad frente al frío. Las enfermedades neurológicas, como los trastornos cognitivos, pueden alterar los mecanismos que permiten reconocer una temperatura baja y responder de forma adecuada.

También influyen los problemas metabólicos y endocrinos, que afectan directamente a los procesos internos encargados de mantener el equilibrio térmico. En estos casos, el riesgo no siempre es “sentir más frío”, sino no reaccionar a tiempo ante una situación potencialmente peligrosa.

El uso de determinados medicamentos añade otra capa de complejidad. Fármacos que actúan sobre el sistema nervioso central (como ansiolíticos, benzodiazepinas o algunos tratamientos psiquiátricos) pueden interferir en la regulación de la temperatura corporal. Esto puede reducir las señales de alerta del organismo y aumentar el riesgo sin que la persona lo perciba.

Cuando el frío no se siente, pero daña

Uno de los aspectos que más preocupan a los especialistas es la diferencia entre la sensación subjetiva de frío y los efectos reales que este tiene sobre el cuerpo. No todas las personas mayores sienten el frío con mayor intensidad; algunas incluso lo perciben menos que personas jóvenes y sanas.

Esta desconexión es especialmente peligrosa. El cuerpo puede enfriarse de forma progresiva sin generar una señal clara de alarma, lo que retrasa la adopción de medidas de protección. En exposiciones prolongadas a bajas temperaturas, esta falta de percepción puede derivar en problemas graves sin que la persona sea consciente de ello.

Hipotermia: un riesgo que no siempre ocurre al aire libre

El peligro más serio asociado al frío es la hipotermia, que se produce cuando la temperatura corporal desciende por debajo de los 35 grados. Aunque suele asociarse a situaciones extremas en exteriores, también puede darse dentro del hogar, especialmente en viviendas mal climatizadas.

Las consecuencias de la hipotermia afectan de manera particular al sistema cardiovascular y pueden resultar graves en personas mayores. Por eso, los expertos insisten en la importancia de vigilar a los grupos más vulnerables, como quienes viven solos, tienen movilidad reducida o presentan deterioro cognitivo.

Factores sociales y hábitos que aumentan la vulnerabilidad

El frío no se combate únicamente con más abrigo. La desnutrición, el sedentarismo y la pobreza energética son factores que incrementan el riesgo. La pérdida de peso y de masa muscular reduce aún más la capacidad del cuerpo para generar calor, mientras que la falta de actividad física limita las respuestas naturales frente al frío.

En el entorno doméstico, mantener una temperatura adecuada es fundamental. Los especialistas recomiendan que las viviendas no bajen de los 17 o 18 grados, ya que la exposición prolongada al frío en interiores puede tener efectos negativos incluso sin llegar a situaciones extremas.

Un desafío silencioso para la salud pública

El aumento de la sensibilidad al frío con la edad no siempre es evidente, pero representa un desafío creciente para la salud pública. Identificar a las personas más expuestas, prestar atención a su entorno y no confiar únicamente en la sensación subjetiva de frío son pasos clave para prevenir riesgos mayores durante el invierno.

Comprender estos cambios no solo permite proteger mejor a los adultos mayores, sino también anticiparse a un problema que, aunque silencioso, puede tener consecuencias serias si se lo subestima.

Con información de Gizmodo

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